lunes, julio 25, 2011

Movimiento

Hoy me gustaría reflexionar un poco sobre el movimiento 15M, ese extraño y variopinto compendio de ilusiones, propuestas y actos que desde hace dos meses casi y medio viene iluminando un sendero casi olvidado: el de la esperanza real de cambio.

No querría que se me malinterpretase sobre este punto: lo realmente valioso del 15M, el gérmen de algo más grande que el propio movimiento, ya ha tenido lugar. Ya ha sucedido delante de las narices de toda la sociedad. Y es un simple pensamiento, como una estrella lejana que viene a ayudar a los navegantes en un océano llano e infinito: la consciencia de que cualquier cambio que se quiera alumbrar en nuestro entorno, antes debe pasar por uno mismo; cualquier revolución social antes debe ser una revolución personal.

Lo más curioso del asunto es que es algo que aparentemente no ha auspiciado nadie, que era complicado de preveer para los "analistas" de esta sociedad, tan acostumbrados ellos a que la masa sea un elemento estable y predecible. De repente un grupo de individuos, un colectivo de personas se sentaron y se pusieron a discutir, a debatir, a hablar. Y luego no se disolvieron sino que siguieron.

La herramienta escogida para ello fue algo valioso y venerable: la asamblea. Esa gran desconocida en este mundo donde se tiene a la democracia por el paradigma a seguir en vez de tomarla como lo que es, a saber la herramienta menos mala cuando fracasa el consenso. Esas asambleas fueron capaces de regularse a ellas mismas, de funcionar y de fomentar el intercambio de opiniones y de información. En algunos casos incluso han alumbrado posturas consensuadas. Esto último es de un valor incalculable, porque implica varias cosas importantes: la primera es que en general todos los miembros habrán tenido que flexibilizar su postura; la segunda es que se habrán oido razones y opiniones contrarias al propio parecer, y eso es enriquecedor; la tercera es que invita a abrir un espacio para la reflexión crítica, para la creación de la propia e informada opinión en vez de intentar adoctrinar.

Todas estas razones guardan un gran valor pedagógico, para mí el principal activo del movimiento. Son estos valores propios de una sociedad sana, crítica consigo misma, y debería ser labor general el integrarlos y transmitirlos a las generaciones venideras. Son la base sobre la que cimentar, igual que nuestros padres y abuelos cimentaron otras bases para legárnoslas y construir en ellas.

El 15M es la constatación de que, a pesar de los pesares, a pesar de la manipulación a la que someten los medios mayoritarios, a la alienación y enajenación mental inherentes a la vida contemporánea, a la presión del mainstreamn, acechante siempre detrás de la siguiente sinapsis, a la constante labor de des-educación y desmenuce de la capacidad crítica personal, y tantas otras cosas, es la constatación, digo, de que esta es una sociedad cuyas raices son sanas, llenas de vida y de voluntad de mejora.

El 15M no va a cambiar el mundo. El 15M ya ha empezado a cambiar el mundo. Pero esto es una carrera de fondo, la más larga de la historia. Y, aunque entristezca pensarlo, tal vez nosotros no veremos la meta. Pero tal vez nuestros hijos o nuestros nietos sí tengan esa fortuna y cuando miren hacia delante vean esperanza y cuando miren hacia atrás, hacia nosotros, se sientan orgullosos de lo que vean. Sí, tal vez sea posible.

martes, junio 28, 2011

De vuelta con la bici

Ayer por la mañana me vine al trabajo en bici. La pobre llevaba parada desde otoño del año pasado, y con tanto trajín como hemos tenido ha estado arrumbada y olvidada. De manera que el domingo le hice una pequeña puesta a punto y ayer me monté en ella y puse rumbo al curro. Se portó magníficamente bien, como ha venido haciendo desde que la compré de segunda mano. La Rockrider 5.2 del Decathlon de momento está haciendo honor a su nombre.

De todas formas voy a llevarla a que le hagan una puesta a punto completa porque se lo merece. Hay óxido en algunas partes, habría que cambiar el freno traseño y posiblemente también el delantero, limpiar los cables y verificar los cambios de marcha... en fin, cosas que nunca he hecho, así que mejor dejarlo en manos de profesionales.

Mañana haré el viaje de nuevo por la nueva Ribera del Manzanares hasta la Ciudad Universitaria. A ver si consigo bajar de los 40 minutos.

viernes, junio 24, 2011

No quiero olvidar

Recordar los sueños es una faena muy grande para mí.
Pero muy grande, porque ocurre que casi nunca los recuerdo; y cuando los recuerdo entonces también recuerdo las veces en las que no los recuerdo. Que son casi todas las veces.

Tengo una mala mañana porque he recordado algo que he soñado. Un concierto de los Maiden al que llego una vez ya empezado. Me he perdido Hallowed Be Thy Name, pero mientras salgo a la platea y me uno a Persefone y a unos amigos comienza la conocida alocución "Woe to You Oh Earth and Sea...", y cuando miro al escenario ahí están ya inmersos en los compases de The Number of the Beast. Me encanta. ¿Por qué soy el único que está cantando? ¡Esto es un clásico, canastos! Y luego nada.

Me ha encantado recordar ese sueño. Pero duele recordar haber olvidado, porque sé que todas las noches sueño, pero olvido al despertar. Y no quiero. No quiero olvidar.

lunes, junio 20, 2011

Desayunos y actos de fe

Los desayunos que hacemos los compañeros y yo en la Facultad de Matemáticas son mi momento favoríto de la jornada laboral. Nunca son aburridos, todo lo contrario. Tratamos temas interesantes, actuales o no, y en general el ambiente es bueno. Y es que el nuestro es un grupo que tiene todo lo necesario para ser un buen foro de debate: disposición a conversar, interés por los temas actuales, cultura general, curiosidad, y, muy importante, personas de distinto sesgo político y distinto talante.

Una de esas personas es un compañero de trabajo. Su caracter es marcadamente conservador por lo que en ciertos temas suele posicionarse en el otro lado de nuestra hipotética bancada, enfrentado a la mayoría de nosotros, que tendemos a ser progresistas. Esto es algo estupendo, una oportunidad maravillosa de escuchar otras opiniones, otras razones distintas de las que suelo escuchar en mis círculos.

Por desgracia hay un problema, una traba que, dicho sea de paso, no sólo afecta a este compañero, pero que en su caso salta más veces a la palestra: con ciertos temas suele basar su discurso en postulados que son sencillamente actos de fe. Y los actos de fe no sirven para debatir. Son creencias, no razones.

Hablando de este compañero, me encantaría que articulase una defensa de sus postulados sólo con las herramientas de la lógica y la razón. Querría que defendiese su opinión acerca de la gestión de Esperanza Aguirre con algo más que un simple "me gusta", que hiciese valer las tesis neoliberales que admira. Yo y los compañeros aprenderíamos mucho. También es verdad que los compañeros suelen darle mucha cera y que él entonces se cierra en banda y pasa del tema. Pero no deja de ser una buena oportunidad perdida. Es una auténtica lástima.

Esto de postular sobre actos de fe es algo que hacemos todos en algún momento. Todos en algún momento hablamos con el corazón o con las vísceras en lugar de con la cabeza. Simplemente sucede de vez en cuando, pero en ese momento el debate llega a un puerto muerto y es muy complicado salir de él una vez dentro. En esos casos solemos dejarlo estar.

Insisto, una pena. Pero no me quejo. De hecho estoy encantado. Aunque a veces no nos entendamos al menos hablamos, y esa es la base de la que partir para llegar a cualquier lado.

viernes, junio 03, 2011

De las instituciones privadas y de la dificultad para ver a la Iglesia Católica como una de ellas

Vamos a empezar con una evidencia: La Iglesia Católica es importante, pues de lo contrario no estaría en las conversaciones tan a menudo como lo está.

Es fruto de esa importancia como surge la necesidad de hablar de ella con un poco de desapego y distancia para tratar de enjuiciarla con acierto. También se trata de la institución más antigua conocida, lo que debería prevenirnos de emitir ese juicio con simpleza o dejadez. Dicho esto, vamos al lío.

La Iglesia es una institución, y como tal es un ente humano y sujeto a cambios. Es también un ente plural. Pero, y ante todo, es una entidad privada. Uso este término por omisión para referirme a ella porque no puedo calificarla de pública. Dice la RAE:

público, ca.
(Del lat. publĭcus).
1. adj. Notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos.
2. adj. Vulgar, común y notado de todos. Ladrón público
3. adj. Se dice de la potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a privado.
4. adj. Perteneciente o relativo a todo el pueblo.
[...]

La cuarta acepción del término público invalida la inclusión de la Iglesia Católica en él, dado que ella no pertenece a nadie salvo a sí misma. Tal vez el propio discurso de ciertos integrantes de la Iglesia ha podido dar lugar a confusión dado que propugnan que es una entidad universal, donde todos tienen cabida, pero ello no debe llevarnos a engaño: no estamos hablando de un ente público, sino de un ente privado al cual puede acceder (a priori) cualquiera, siempre que se cumplan una serie de condiciones. Un club. Nada nuevo en definitiva.

Voy a detenerme sobre esto para que quede lo más claro posible: la entidad de la Iglesia Católica no es pública porque sus poderes no emanan ni pertenecen al conjunto de ningún pueblo, entendiendo pueblo como conjunto humano reunido libremente y que dicta sus leyes y comportamiento en base a procedimientos igualmente decididos por él mismo. Las leyes y comportamiento de la Iglesia Católica, como institución, siguen cauces distintos, por lo que dichas leyes y comportamiento entran en el ámbito de lo privado. La realidad actual es esa, por más que tendamos a echar la vista atrás y echar mano de acontecimientos pasados para enjuiciar realidades presentes.

Esto, que es (o debería ser) algo evidente, es algo que no suele tenerse en consideración en las conversaciones en las que el que suscribe ha estado presente. En dichas conversaciones se suele criticar a la Iglesia (lo que me parece bien puesto que tiene aspectos muy criticables) y a sus integrantes (lo no me parece bien puesto que soy defensor de la liberta religiosa). Esto último es especialmente preocupante porque se tiende a responsabilizar a los creyentes católicos de las acciones de otros católicos. El ejemplo de la pederastia es actual e ilustrativo. Un silogismo: "tú, creyente. respetas las acciones de la Iglesia Católica; la Iglesia Católica la forman los curas; algunos curas son pederastas; la Iglesia Católica protege a los curas, pederastas incluidos; ergo tú, creyente, respetas que se proteja a los curas pederastas". Esto tiene un nombre, y es falacia. La falacia viene, en este caso, de identificar las acciones de un miembro con las del colectivo al que pertenece, y justamente por esto, asumir que todos los miembros de dicho colectivo piensan lo mismo y/o aprueban el comportamiento de ese miembro particular. No ha lugar.

Para ilustrar esta historia pongo un enlace que, en un mundo ideal, daría lugar a un debate constructivo; sin embargo estamos en este mundo y probablemente generará, de nuevo, una discusión absurda: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=14639

Es como si enjuiciásemos a un supermercado por la actitud borde de un reponedor, o como si enjuiciásemos a todos los médicos del sistema de salud público porque hayamos dado con uno que es un inútil. Es un juicio sesgado en la base.

Dejemos esto por el momento para centrarnos en la figura privada que representa la Iglesia Católica, figura única donde las haya. Me surge la siguiente pregunta: ¿por qué esta dificultad universal para asumir que la Iglesia es un ente privado? Porque todo el mundo sabemos que lo es, pero de alguna manera lo olvidamos. Veamos las razones:

1. La iglesia católica es un ente privado previo a la aparición de los modelos actuales de entorno "privado" y entorno "público". La Iglesia es antigua. Tiene casi dos mil años de antigüedad, y eso es mucho tiempo. Nace en el siglo I de nuestra era en el seno del Imperio Romano, y tres siglos más tarde, gracias al Primer Concilio de Nicea y al emperador Constantino I, se convierte en la religión oficial de dicho imperio. Desde ese momento hasta el presente, la alta jerarquía de la Iglesia ha estado asociada, en menor o mayor grado, a los distintos poderes legislativos y ejecutivos en Europa. Dichos poderes, en tanto reguladores de los dos ámbitos público y privado, han tenido que enfrentarse al hecho de que las personas y los bienes (materiales e inmateriales) de la Iglesia, por ser ésta un asociado al gobierno de turno, debían disfrutar de prebendas especiales. Esto es, la Iglesia no pertenecía ni al ámbito privado y al ámbito público, sino que tenía un ámbito propio. Esto es especialmente visible en la Europa medieval, donde la figura de la catedral se erige como una suerte de ágora (si bien con distintas funciones al ágora o foro clásicos) en las poblaciones importantes (cités y burgos, gérmenes de la ciudad medieval según Henri Pirenne). La catedral, como sede de una diócesis encabezada por un obispo, pertenecía  y pertenece a la Iglesia; en cuanto a edificio o espacio, era levantada por maestros arquitectos y trabajadores, y una vez acabada, estaba abierta a todo el mundo. Ambas cosas acentuaban el carácter público de la catedral, por lo que se daba el curioso caso de que la vida pública (rezos, festividades, asambleas, etc.) de la ciudad medieval transcurría en este peculiar espacio, semipúblico y semiprivado. El ejemplo que nos brindan las catedrales podemos exportarlo y tomarlo como base para mirar el lugar que ha ocupado la Iglesia en la historia de occidente, un lugar único, a caballo entre los espacios públicos y privados de las distintas sociedades. Es ahora, en la sociedad española contemporánea, donde el espacio público es regulado estrictamente por los poderes democráticamente elegidos, cuando es más sencillo percibir esta peculiaridad; pero esta peculiaridad, por ser previa a la sociedad democrática y a sus poderes, es también un velo que sigue dificultando la percepción de la Iglesia como el ente privado que es.

2. La Iglesia, como cualquier religión, se presenta como modeladora y garante de la moral de la sociedad. No digo nada nuevo con esto, pero merece la pena detenerse en ello: toda sociedad que se precie de serlo tiene leyes, sea la civilización más avanzada o una tribu del amazonas; y las leyes, sea por definición u omisión, dictan un modelo de comportamiento. Pero detrás de toda ley hay una idea madre: la percepción de los que es correcto y lo que es incorrecto. Esto no es otra cosa que un principio moral. Es esta asociación entre moralidad y ley la que ha hecho, desde tiempo inmemorial, que el misticismo haya ido de la mano del poder: desde el brujo de la tribu hasta la compleja estructura de la Iglesia Católica ha habido evolución, pero el principio es el mismo, y no es otra cosa que la afirmación "el gobierno hace las leyes y asegura su cumplimiento, pero esas leyes tienen que estar de acuerdo con la moral que viene dictada por el poder divino". Esto está firmemente anclado en la psique colectiva y, aquí viene el meollo del asunto, asumir que los intérpretes de esa moral divina pertenecen a un ente privado es una tesis complicada de aceptar.

3. La asociación entre Iglesia y Estado es históricamente fuerte en la sociedad española. Como complemento del punto anterior está el hecho de que todo lo que en él se expone se pone especialmente de manifiesto en nuestra sociedad. Desde el alto medievo hasta la actualidad, con pequeños períodos como el trienio liberal o las dos repúblicas, la Iglesia Católica ha estado en relación estrecha con las sucesivas monarquías y con la dictadura de Franco. Aún ahora ocupa un lugar cercano a los poderes ejecutivo y legislativo. Esto se resume en una frase: "la Iglesia siempre ha estado ahí".

4. El esfuerzo activo por parte de la propia Iglesia Católica por presentarse como algo universal y atemporal. Ya lo he dicho más arriba pero lo repito aquí. Mientras que hay otras doctrinas que se adscriben a determinado círculo o sociedad, la Iglesia se presenta como el cuerpo moral que alberga potencialmente a toda la gente del globo. Se presenta como algo que trasciende gobiernos y fronteras, que sobrevivirá a los países y a las sociedades actuales. Hay que decir, en honor a la verdad, que la historia está de su parte en esta pretensión, dado que ha sobrevivido a cuantos avatares se le han presentado, cambiando y evolucionando conforme las sociedades cambiaban y evolucionaban. Ha visto nacer y caer imperios y monarquías; ha sido testigo de la evolución tecnológica y científica del ser humano y ha actuado como guardián de conocimientos, incluso de aquellos que no aprobaban sus doctrinas oficiales. Es más vieja que cualquier gobierno, país o frontera actual. ¿Cómo va a ser privado un organismo así? Tiene que ser imposible. Pero en este caso, y por complicado de aceptar que sea, no sólo no es imposible sino que es verdad.

De todas formas, y a pesar de tales razones (o tal vez precisamente por ellas), es necesario dar un paso atrás para intentar ver a la Iglesia Católica en toda su complejidad y contexto. Pero esto sólo es posible si primero se hace el ejercicio de verla como lo que es, una institución humana y privada. Una institución humana y privada cuya doctrina es seguida y respetada por muchos millones de personas a lo largo y ancho del mundo, pero humana a fin de cuentas (puesto que son seres humanos las que la conforman, el papa incluido), y privada por todo lo anteriormente expuesto.

miércoles, junio 01, 2011

Ansia de poder (I)

Hoy me apetece reflexionar sobre una rasgo humano que suele tomarse siempre como algo negativo y dañino; algo que rompe grupos y destruye relaciones, pero que también impulsa carreras y alumbra proyectos.

El ansia de poder es algo congénito al ser humano. Siempre aparece profundamente imbricada en los elementos de un grupo social, cualquiera que sea su naturaleza o fin. La clave consiste en contar con ella, saber que existe, aceptar que existe como parte de nosotros y de nuestros constructos.

El ansia de poder se puede presentar de la manera más amable, de la forma más agradable a la vista, en la más sutil de las formas. Es la razón de esta sutileza la que considero vital ver y aceptar: que el ansia de poder en el medio social nace de una voluntad activa, y que es en los caminos por los que esa voluntad se desarrolla y toma cuerpo donde esa ansia de poder anida como parte orgánica de lo construido.

En un medio social ideal el ansia de poder está presente en la cantidad justa para crear una motivación creativa en los individuos que forman ese medio. Es, por tanto, deber de una sociedad que aspire a mejorarse a sí misma el garantizar tanto las libertades necesarias para no ahogar el impulso creativo y reformista, como tutelar los caminos por donde se canalizan esas libertades a fin de que no se conviertan en una suerte de libertinaje. Esto, y no otra cosa, es lo que define lo que considero una sociedad madura.

Dicho de otra manera, es madura aquella sociedad que ha aceptado tanto su naturaleza como la de los individuos que la forman, y que, partiendo de esa consciencia, es capaz de evolucionar hacia los fines que se ha marcado como objetivo.

Todo esto, aplicado a cualquier grupo, definirá cuán capaz es ese grupo de afrontar los cambios al mismo tiempo que consigue sacar adelante sus objetivos.

Así pues comencemos: el ser humano, en su condición actual, utiliza el ansia de poder como motor creativo. Alguien desea hacer algo y empieza a trabajar para conseguirlo. En caso de tener éxito, se aspira a metas más altas y lo conseguido pasa a ser algo susceptible de ser repetido las veces que sea necesario. Detengámonos aquí un momento para ejemplificar esto. El ejemplo sería un moderador que ha tenido éxito en su labor asamblearia y siente el impulso de repetir cargo porque se siente útil a él mismo y al grupo al que pertenece. Ese deseo es completamente lícito y entendible pero conviene ser prudente. Ser bueno en algo no implica ni ser el mejor ni debería convertirse en obstáculo para el crecimiento de otras personas. Sin embargo esta dinámica aplicada a un grupo social da como resultado algo evidente: pasado cierto tiempo los individuos de ese grupo terminan acometiendo aquello que se les da mejor. Ha surgido la especialización.

La especialización, de gran valor y pieza principal de progreso, esconde sin embargo un peligro igualmente evidente cuando el grupo alcanza cierto tamaño: como los individuos acometen siempre unas labores determinadas, hay otros trabajos u otros roles que nunca prueban, y paulatinamente se pierde el contacto con la realidad de esos otros trabajos. Esto crea una peligrosa tendencia: identificar la labor propia como de vital importancia para la marcha del grupo y olvidar al resto de compañeros de viaje. Esta es la primera cristalización negativa del ansia de poder: el pensamiento "mi labor es más importante que otras".

Las disensiones creadas por este primer vicio son complicadas de resolver porque implican una crisis de identidad grupal. Las soluciones a posteriori suelen devenir en forma de fracturas y creación de grupos nuevo. La manera más efectiva de luchar contra esta tendencia pasa por prevenirla antes de que aparezca. Fijar leyes para la rotación de cargos, concienciación y potenciación de la identidad de grupo, o el simple y llano sentido común. Todo ello constituye una vacuna efectiva para evitar que esta manifestación negativa del ansia de poder afecte destructivamente al grupo.